"Ya no nieva como antes." Esta frase, que escuchamos de nuestros mayores, no solo habla de la nostalgia, sino también de los efectos del cambio climático. Sin embargo, hace unos siglos, el panorama era muy distinto. Entre los siglos XV y XIX, durante la Pequeña Edad de Hielo, nuestras montañas vivieron inviernos largos y extremadamente fríos, especialmente entre 1645 y 1715, coincidiendo con el Mínimo de Maunder, un periodo de baja actividad solar y alta actividad volcánica.
Los documentos que atesoran el impacto de esta Pequeña Edad de Hielo en nuestras montañas son numerosos. Pedro de la Escalera Guevara escribía en 1632 refiriéndose al clima de la villa de Espinosa de los Monteros:
"El temple de la tierra es frigidisimo, porque dura ocho meses el Invierno, por las grandes i continuas nieves; para cuyo reparo la naturaleza, siempre provida, previno grandes montes de ayas, robres, azebos, i otra diversidad de arboles en sus terminos, de donde se corta leña bastante para pasar comodamente los frios en tiempo que no se puede salir de casa por el rigor de las eladas, aires, aguas, i nieves. Los quatro meses de Verano es mui caliente, por la costelacion de aquel cielo: pero mañanas i noches son templadisimas; i aun mui saludables el fresco del alva, marea de las tardes, i el viento apacible del crepusculo de las noches"
También se da cuenta de las condiciones climáticas extremas en este periodo, en el proceso por el que se pretendía ampliar un impuesto especial al consumo de vino en la Villa con el fin de terminar la construcción de la Iglesia de Santa Cecilia en el año 1671. La nave de la Iglesia estaba sin cerrar y en estado ruinoso por haber sufrido un incendio unos años antes. El testimonio de varios testigos informa de la imposibilidad de oír misa en estas condiciones teniendo en cuenta además las adversidades meteorológicas de la época:
“… y lo sabe por lo aber vistto muchas y dibersas bezes oyendo missa en dicha iglessia. Y sabe que por lo que lleba dicho ansimismo que no se puede zelebrar en dicha iglesia sin riesgo, en particular en tiempos de ibierno por estar como dicho es abiertas y essentas y ser tierra áspera y montañas. Y esta junto a los puertos donde conbatten rezios ayres y caen muchas llubias y niebes"
El frío y la nieve aparecen continuamente en la documentación asociada a la Montaña Pasiega Meridional, pero también en la de las Tres Villas Pasiegas de la parte septentrional de la Pasieguería. Sin ir más lejos, la concesión del Privilegio de Villazgo a la feligresía de San Roque de Río Miera tuvo que posponerse cuando, en la segunda mitad del mes de marzo de 1689, los Montes de Pas estaban cubiertos con más de metro y medio de nieve, impidiendo al Juez Manuel Pantoja otorgar el privilegio a los sanrocanos hasta cinco días después cuando, no sin dificultad y a petición del juez, se pudo abrir el camino entre La Vega y San Roque.
Sólo con estos mimbres ya podríamos asegurar que este periodo frío tuvo un fuerte impacto en nuestras montañas. Pero además existen también pruebas materiales de esta Pequeña Edad de Hielo que han llegado a nuestros días.
Cuando a principios de los años 80 se descendía por primera vez el pozo de más de 180m de profundidad de la Torca de la Grajera en Castro Valnera, existía en su fondo un cono de hielo de más de 22 m de altura que, según estudios paleoclimáticos recientes, se formó durante esta Pequeña Edad de Hielo. Hoy, ese hielo ha desaparecido casi por completo.
Este periodo no solo cambió el clima, sino también la forma de vida de nuestras montañas. Pero eso lo veremos en la segunda parte esperando que el manto blanco aparezca de nuevo.

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