Recurrimos de nuevo a Gerardo Diego, esta vez con dos preciosos poemas dedicados a la Montaña Sagrada de los Pasiegos. El primero es el recuerdo de una ascensión al Castro en su más tierna adolescencia. El segundo surge de la contemplación de la majestuosidad de la silueta del Castro al atardecer desde el mirador de la Braguía.
En ambos casos, el poeta rememora el origen espinosiego de su apellido paterno.
Ascensión desde Espinosa (1910)
La niebla a nuestros pies rasga sus velos
y alumbra, verde y virgen, la montaña.
Rocío en hierba, en flor, en telaraña.
Oh hermosura en redor de mis abuelos.
Ellos aquí, bebiendo paz de cielos.
Ésa fue, piedra y lastras, su cabaña.
Pero tú arriba, a coronar la braña,
niño de ojos de lince y sin gemelos.
Arriba, más arriba.
La pedriza y la arista de piel resbaladiza
vencí descalzo.
Salve, peña Labra. Picos de Europa,
albricias, que allí ondea,
blanca entre azul y azul ,bendita sea,
mi Santander, mi cuna, mi palabra.
Atardecer en la Braguía
Cuando en la tarde azul y rosa de noviembre
te vi acercárteme agigantando
tu mole ya con nieve
y en lo alto del puerto abrimos
un éxtasis de silencio para contemplarte,
se me reveló de pronto tu testimonio paterno,
el nortesur de tus vertientes
para las nieves resbaladas de mi sangre.
Qué hermoso, qué majestuoso en la espera del véspero,
qué entrañable de mi apellido residías
en tu trono de ábrego quieto y divisoria.
Ya estabas grande y puro en tu tamaño
hablándome con tu santo silencio,
mirándome tierno, serio, augusto,
tú, padre de mi padre o tal vez él mismo.
Sí, tú, padre mío, ahora tan cerca,
tan corpóreo en la mesa rezando el padrenuestro.
Tu arista vencedora con su central almena
que sobre Peña Cabarga se asomaba
día a día, años y años,
a contemplarse, lejana, en mi bahía y en mis ojos,
ahora en este crepúsculo solemne
se confirmaba en toda su grandeza,
me confirmaba en toda mi nobleza
Por ti soy noble con los tuyos, con los míos,
sangre de Diegos, lengua de pasiegos,
que al Ebro pudo acrecentar o al Pas
precipitarse en llanto de cascadas.
Y tú, balanza de Valnera,
compensaste la cuna de mi padre,
en tu ladera sur,
haciéndome nacer de un vuelo justo
en la concha de sal, última linde
de tu mirada al septentrión desparramada.
Grandeza tuya y mía, oh Castro
de Castilla y Cantabria, oh paz de Iberia.
Ya el sol se puso. El ábrego remueve
su plumaje insinuante de acercadora brisa
y te modela cárdeno y morado
y blanco, inmenso, y blanco en tus collados, en tus puertos,
en tus nombres: la Sía, la Lunada, las Estacas,
mil veces recreados en los labios del padre.
Mi paisaje se aumenta, crece el bulto
de la montaña y yo también me crezco,
y en tanto la provincia se dilata,
allá abajo en la Vega entre unos robles
ha nacido la noche.

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