Algo así nos ha sucedido al analizar numerosos lugares que, en apariencia, nos hablan de la existencia de cuevas:
El Arroyo y Monte de la Cubilla encima de Bárcenas; el cabañal de Covachos en el Alto Cerneja; el Monte Covacho en Redondo; los cabañales del Cuevo y la Cubicía en la Sía; La Cubicía junto al Gesteadero de Redondo y Para en Mingo Pájaro; el Arroyo Cubías entre Redondo y Cerezos; el Alto de la Cubilla encima de Agüera; el Monte Covachos encima de Redondo; el barrio de Cobe en Espinosa; o el propio Monte la Cueva en Sotoscueva.
Todos estos nombres parecen compartir la misma raíz que “cueva”, procedente del latín vulgar *cova, femenino de *covus (hueco), cuyo origen último se remonta a la raíz indoeuropea *keu-, relacionada con accidentes o torceduras del terreno, y en su variante *keu-p, que alude a una concavidad.
El problema surge cuando intentamos aplicar esta explicación sobre el terreno: en la mayoría de estos lugares no existen cuevas propiamente dichas. Y cuando aparecen pequeños covachos o abrigos, su entidad no parece suficiente como para haber determinado el topónimo.
En un primer momento pensamos que tal vez el término aludiera simplemente a vaguadas o espacios resguardados, es decir, a una cierta concavidad del relieve más que a una cueva en sentido estricto.
Pero la hipótesis comenzó a tambalearse cuando comprobamos que esa misma raíz también se aplica a cimas y lugares elevados, donde resulta difícil sostener cualquier relación con un espacio cóncavo.
Charlando con Chus, de la página de Toponimia Cántabra, sobre la línea de cumbres entre la Base Militar EVA 12 y la Cabaña del Pozo en los Collados del Asón, nos comentaba algo revelador: “Curiosamente, para los sobanos, la Cueva Traslacorte y la Mota en Cabera son dos coterucos; no tienen nada que ver con ninguna cueva”.
A esto debemos añadir los topónimos “Cuevas Caballo” y “Cueva Mayor”, que recientemente hemos comprobado que se aplican al Alto del Caballo y al Picón Blanco respectivamente: alturas destacadas, no cavidades.
Ante estas contradicciones, se impone buscar otra vía interpretativa.
Y aquí aparece un elemento común mucho más sólido: todos estos lugares sirven o han servido históricamente como espacios vinculados al ganado.
Es entonces cuando cobra fuerza otra raíz latina: *cubile (lecho, cubil), derivada del verbo *cubare (acostarse). Un término que no alude tanto a una cavidad geológica como a un lugar de reposo. A un sitio donde algo —o alguien— se acuesta.
Esta raíz enlaza, además, con elementos profundamente arraigados en la cultura pasiega, como la Covada —antigua costumbre en la que el padre guardaba cama tras el nacimiento mientras la madre atendía la cabaña— o el “cuévano”, donde las madres acostaban a sus hijos durante la muda. En ambos casos, la idea central no es el hueco físico, sino el acto de acostarse, de cobijarse, de reposar.
Quizá, por tanto, cuando nuestros antepasados nombraron estos lugares como “Cuevas”, no estaban describiendo una forma del terreno, sino una función. No hablaban de piedra ni de oquedades, sino de ganado, de descanso, de abrigo.
La toponimia, una vez más, nos recuerda que el paisaje no se entiende solo con los ojos, sino también con la memoria. Y que muchas veces, para comprender lo que vemos, debemos preguntarnos primero cómo se vivía antaño.
Foto: Cabaña Pasiega en Covachos. Valle del Cerneja.

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